POEMA : DOLORA
Uno va sin nombre y sin rostro por el mundo.Y siempre calle abajo.
Si alguien detuviera el vuelo frígido de los ojos erráticos
en nuestra mejilla o nuestra sien
todo sería distinto.
Hice mal y todo lo hice mal.
No me levanté la catedral de autoengaños
con los cuales uno pasa el día y hasta su carcajada esputa
bajo el toldo celeste de los cielos
que cubre el ancho redondel sobre el globo.
Seguirán resonando solos mis recalcitrantes pasos
por el híspido lomo gris que faja a la tierra.
Nadie se aprendió mi nombre.
Los hombres de grandes dientes me comieron
sin nombrarme.
En el margen está el mar como algo extraño
a tanta soledad y desidia que corroe
los huesos del alma como una carcoma.
Tembién me bebieron los hombres
que se harán blancos filamentos.
Estaba bien como ermitaña
enamorándome de la mirada del cordero
del monte al otro lado.Lloraba en la colina
pero me consolaban los árboles hermanos
con sus cadenciosas salmodias verdes.
Acá lloro sin consuelo entre unas criptas.
Extiendo mis brazos azules con la capa triste de la tarde encima.
Mis remos humeantes.
Esto pétreo que me inclina.
Y miro hacia la claraboya más alta.
Es nítida la forma que me baña el cráneo.
Allá se extiende, más allá de los pasillos sobreesfera,el que me
ama y amo.
Insubstancial.
Y por él yo me calzo cada días las piedras a la espalda.
Busco entre la luz.
Espero su mano colosal hija del mar sin peso
que me corona.
Huir de este valle raspado contorsionado con el veloz paso
de los réprobos
llenos de concupiscencias queriendo pasar
sobre las alas recogidas de los perros celestes
que corren por esas tenias plomas y tremendas, bañados
por el humo
que es el peor aliento, el más letal.
Agotados por los deseos. Asoman sus caras amarillas.
Chorreantes rostros que necesitan ser redimidos y rehechos.
Ay me acorralan como orates gomosos encima.
Oh una yema transmundo que me toque.
Oh, me salgan alas raras alas ingrávidas que me pasen al otro lado.
Me penetre el nuevo aire los huesos.
Y yo suelte los remos que raspan el arenoso espacio.
Aspire la laguna suave del primigenio aire.
Que algo, algo me calce, me abrace.
Lejos, más allá de toda lejanía, ha de haber un nido en el
misterio.
Un nido abierto como los brazos celestiales los que nunca vinieron
acá abajo.
El que recuerdan los pájaros y ríen al volar y por eso lo hacen.
Rompa al fin las filas negriazules.
La causa de mi repliegue de alas.
Oh el olor de la leche de los bosques.
Que me urde las pupilas.
Detrás de la tierra, detrás del universo, de todo
lo que existe.
Hay danzas, no está este dolor.
Nos lamen las llamas de los incansables espejismos.
¿Quién soy? Soy la espera. Me inundan los ecos post horizontes.
Ana María Veas

veronica dijo
Hola Ana Maria, el otro dia pasaste por mi blog, ahora estoy aqui leyendo el tuyo. Veo que te gusta escribir, algo que a mi me cuesta un poco.
Tus poesias estan llenas de sentimientos encontrados expresados en las palabras.
Te dejo un saludo
Vero
10 Diciembre 2007 | 10:22 PM